Con fiesta infantil, Arenal Santa Ana celebró el regreso de una menor robada

Ignacio Carvajal/Playa Vicente

Uno puso un par de marranos, el otro sacó los guisos, unas mujeres echaron mano para cocinar los animales, otros más la leña, y un maestro del pueblo se ofreció como voluntario para vestirse de payaso y amenizar la fiesta infantil.
Así fue como el poblado de Arenal Santa Ana, cien por ciento indígena, cerró el capítulo de horror que representó la privación ilegal de la libertad a la niña Jatziri Celeste Pablo Hernández, ocurrido el pasado jueves.

La menor se encontraba bajo el cuidado de una mujer que era contratada por su padre, Iván Pablo, un obrero que no tiene esposa, pues ésta murió hace un par de años, y desde entonces la hace de papá soltero. En el día trabaja y por las noches se ocupa de sus dos pequeños.

Pero ese jueves, algo pasó con la cuidadora, se puso a beber alcohol, estaba acompañada de dos mujeres oriundas de María Lombardo, Oaxaca, quienes dos días después fueron detenidas por la Policía Ministerial de Veracruz cuando intentaban esconder a la niña de edad, y ésta resultó recuperada.

Las dos mujeres presuntamente dieron de beber mucho alcohol a la cuidadora para sustraer a la parvulita, con todo un plan para robarla, ya que sabían que era “presa fácil” pues no contaba con acta de nacimiento.

Tras la captura de las dos mujeres, y el regreso de la menor a manos de su padre, el drama para los habitantes de Arenal Santa Ana concluyó alegremente, y entonces, al primer minuto de que la niña fue devuelta formalmente a los brazos de su padre, las personas de este poblado dispusieron lanzar cuetes, repicar las campanas y organizar un gran festejo para dar las gracias a todos los que ayudaron.

Y es que durante esos días de amargura para Iván Pablo, su dolor y tristeza la cargaron los demás habitantes de Arenal Santa Ana.

Iván Pablo es un obrero que no cuenta con empleo formal ni esposa, ella los abandonó hace un par de años por seguir el camino de las drogas, y un día dejaron de saber de ella, perdida entre millones de personas en la CDMX, hundida en las adicciones.
Los pobladores de Arenal Santa Ana se sorprenden al ver que Iván Pablo carga con sus hijos para todos lados, los echa a una carretilla, la misma que emplea para sus trabajos como albañil, los alimenta, los cuida y los procura en lo que puede, aunque él ande descalzo, con la única playera rota y con el estómago vacío.

Durante las hora que no se supo nada del paradero de la menor, Iván Pablo lloró amargamente por todos los rincones de Arenal Santa Ana, inconsolable, describiendo a todo mundo como era su pequeña, preguntando si la habían visto.

Fue a los montes, al cerro, al río, levantó piedras y se metió entre la maleza selvática de Playa Vicente en busca de rastros de su amada Jatziri.

A ratos agarraba fuerzas y ánimos para seguir caminado en busca de la pequeña, pero de pronto se rendía y lloraba pidiendo ayuda a todos para localizarla con vida.

“Ya no sé si está bien, si comió, si tiene frío o si quiere estar en su casa, estoy derrotado”, dijo Iván Pablo a este reportero en entrevista el sábado pasado.
Por eso el dolor que cargaba lo comprendieron sus hermanos del pueblo y salieron con machetes, palos, perros y lámparas para escalar por los cerros y caminar por los ríos en busca de la chiquilla.

La noticia de que había sido encontrada, alegró a Iván Pablo, y así como sintieron su dolor sus vecinos se agasajaron con su júbilo y todos los sectores se organizaron para el banquete. La iglesia, el ejido, el comisariado ejidal y otros más colaboraron para sacar la celebración.

Se decidió que la temática fuera para los niños, sin alcohol para los asistentes, solo comida, refrescos y carnitas, piñatas, pastel y una mesa de regalos.
Era hora de darle gracias a Dios, a las autoridades, a los voluntarios, pero ante todo, celebrar la libertar de los infantes en Playa Vicente, esos que corrieron alegres, jugaron carreras y se dieron la vida con los juegos que les ponía el maestro que la hizo de payaso.

En Playa Vicente, municipio que ha saltado a la fama mundial por haberse convertido en epicentro de un peligroso cártel de la droga, municipio que es sinónimo de violencia, de fosas clandestinas, de famosos pistoleros y capos, el hecho de haber recuperado a una menor de las garras del crimen, representó una batalla ganada.

Tan solo en enero del 2020, la delincuencia sustrajo a unas once personas en la cabecera y otros ejidos, según registros de la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas, y el gobierno lanzó la operación Playa Vicente, inundó este municipio con policías que catearon ranchos, casas de seguridad y al poco tiempo desmontaron toda la operación del grupo criminal Los Piñas, una célula violenta que mantenía el control de esta región a lo largo de los límites con el estado vecino de Oaxaca; y salieron a la luz los horrores de años de delincuencia, diversas fosas clandestinas en las que aún hay cadáveres que no han sido rescatados por la Fiscalía, docenas de historias de desaparecidos, ranchos despojados, mujeres violadas, secuestros y cobro de cuotas.
El que la presión social y la organización comunitaria hubiera servido para recuperar a una inocente se volvió motivo sobrado para celebrar a los infantes y darse una felicitación.

Así, se sirvieron las carnitas, el payaso organizó concursos, dieron regalos y el momento cumbre para los invitados de honor, los niños, se dio al momento del corte del pastel que fue repartido a cada chiquillo que se arrimó a la pachanga, corrieron alegres y libres, sin miedo, bajo el techo del domo del pueblo.
Ahí arribó toda la gente que días antes se rompieron la figura y gastaron el zapato buscando a la pequeña, hubo una mesa especial para los elementos de la Fuerza Civil, los ministeriales y los municipales que sirvieron a la causa.

Pero el eje central de la fiesta nunca dejaron de ser los niños y la alegría por tener de vuelta a Jatziry Celeste, alegrando el corazón de su humilde padre, quien estuvo muy apenado en todo momento al darse cuenta de que nunca estuvo solo, pese al abandono de su esposa, ahora es arropado por una gran familia, el pueblo de Arenal Santa Ana.

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